Desde  bastante chico, por razones que no logro del todo entender, tuve necesidad de construir mi mundo. Sentencias  vertidas en cuadernos de hojas rayadas, poemas, más tarde canciones, son las formas que encontré para “Pintar mi aldea”, según la hermosa imagen de Tolstoi. Si es que venimos a este mundo a cumplir alguna tarea, lo que a mí me  toca  es hacer de ese caudal interno un medio para transmitir la alegría y el entusiasmo a otros, en un camino de apertura hacia el mundo  y de aceptación de la dificultad, propia y ajena. A veces, al cantar, mi corazón se evade y las palabras siguen su curso mecánico sin sentir, como si dijeran <em>hasta ahí, hasta ahí llegas, hasta ahí puedes entrar.</em> Es el momento en que comprendo en que todavía queda mucho por andar.

En el 2002, ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A, de donde obtuve mi título de Profesor de Filosofía. Fue una elección vocacional. Haciendo un poco de memoria, creo que llegué a la filosofía por una inquietud al mismo tiempo ética y existencial: una preocupación relacionada con el cómo vivir, o con cómo vivir con los valores que quisiéramos crear. El descubrimiento de  Borges, unos años atrás,  incidió en esa elección: sin entenderlo demasiado, me topé con un libro de frases suyas<em> De La A a la Z</em>.

Sentí el nervio  filosófico de su pensamiento (con el que me identifiqué) y me abrí a su amplio mundo de referencias, de donde llegaron mis primeras lecturas filosóficas. También fue el comienzo de mi vida de lector autoconsciente. En el decurso de mi vida universitaria, conocí a muchos de los que fueron mis maestros. Tuve y tengo grandes maestros. Creo que uno lleva el influjo de sus maestros en cada uno de los pasos que va andando; uno quisiera componer, mixturando lo mejor que ha recibido de ellos, una suerte de estilo propio. Son personas que  sugieren, con sus gestos, sus obras, su amor al oficio, una forma posible e inédita de vivir en el mundo, y no sólo de habitar en él. Están finalmente para hacernos creer en nosotros, llegando al nudo de la dificultad emocional que nos impide crecer. Yo tuve la necesidad de ir de la mano de muchos de ellos para llegar a ese centro emocional.

Tomás Abraham es uno de ellos. Lo conocí en el 2004 cuando vino a la facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A a dictar un seminario sobre la obra de Gilles Deleuze. Fiel a su formación, no transmitía el pensamiento de los autores sino que desarrollaba lo que él había pensado y elaborado a partir de sus obras. Con lo que había recibido, creaba algo nuevo. Ese mismo año, comencé a asistir al grupo de Estudios que dirigía desde hacía 20 años. Cuando entré, sentí que  se respiraba algo del espíritu del banquete filosófico de la antigüedad: se discutía en un clima de jovialidad amistosa y se tomaba vino. Cuando las charlas terminaban, todos esperábamos a que él hablara: percibí su  talento para el <em>concepto</em>, propia del filósofo, pero al mismo tiempo su mirada era amplia, humana, y podía adoptar diferentes tonalidades según lo que quisiera expresar: la ira, la comprensión, la perplejidad, el humor.   Era una invitación a una nueva forma de pensar y practicar la filosofía.

Importante en mi formación fue también la profesora  Ana Couló, titular de la materia <em>Didáctica de la Filosofía.</em> Nos hacía hacer simulacros de clases en las que nos tocaba oficiar de profesores frente a nuestros compañeros, que adoptaban la posición de estudiantes rebeldes de la escuela secundaria. Al terminar, se debatía todo lo significativo que allí había sucedido, sin ningún tipo de tapujos. Ese tipo de experiencias me hicieron agudizar la mirada frente a los problemas que plantean las cuestiones del enseñar y del aprender, que siempre me apasionaron. Fue una experiencia muy movilizante, de mucho autoconocimiento.

El profesor y crítico musical Federico Monjeau fue otro de mis maestros. Daba unas clases a la antigua; llevaba una pila de libros y podía detenerse a leer extensos pasajes literarios o filosóficos. Hablaba como si no existiese otra cosa en el mundo más que Beethoven. Me hizo saber que había un terreno fértil en el que música y filosofía se podían conjugar de un modo interesante, y que el ejercicio de la crítica podía ser un arte también.

Paralelamente a mis estudios y hasta hoy, di clases de piano, yendo allí donde mis pies pudieran llevarme. Tomé clases particulares con algunos  profesores a los que recuerdo con mucho cariño, pero básicamente tuve que aprender a transmitir lo que sabía, y así fue que la enseñanza fue mi gran escuela. La enseñanza y el estudio solitario de las canciones de mis ídolos de la adolescencia con los que crecí: Charly, Fito, Spinetta, Los Beatles.

Actualmente, estudio Composición musical en la Universidad de San Martin, en la misma casa de estudios en la que trabajo como docente y como tutor. Los caminos de la creación siempre me interesaron y encontré en Santiago Chotsourian, el director de la carrera, a otro verdadero maestro. Admiré desde el comienzo su capacidad para guiar, con sensibilidad e inteligencia, el proceso  creativo de cada uno y para ver en la música el símbolo de una visión del mundo. Comúnmente, me dice cosas sobre lo que hago que llegan a influir de un modo muy directo en determinadas búsquedas.

La idea de coordinar esta página surgió de mi amigo Miguel Martín, que confió en mí para dirigir la parte de cultura. Una tarde que tomamos café en El Palomar,caminamos y nos entusiasmamos con la idea de hacer algo juntos desde el corazón. Pasito a pasito y con mucha paciencia, fue creciendo y alimentándose. Convocamos a personas que eran valiosas para nosotros: Miguel invitó a su profesora de francés María Mónaco y María, a su vez, invitó a su amiga Zulema Gonzalez para deleitarnos con sus pinturas. Yo, por mi parte, invité a Daniel Aranovich, (con quien nos juntamos religiosamente una vez a la semana a estudiar arduos textos de filosofía) a Mónica Addesso, (con quien compartimos nuestras inquietudes sobre los caminos del alma) y  a Magalí Gutierrez, mi madre, que desde hace mucho quería compartir, con sus comentarios bíblicos, el don de la palabra.  filomusicarodrigo@educ.ar