La bailarina, que a sus 15 años estaba bailando en Nueva York con Julio Bocca, eligió despedirse de los escenarios el 19 de abril en el Teatro Colón… hablo de la gran Nadia Muzyca…
“Siempre soñé con irme bien, con irme en un gran momento, entera y no que la bailarina me deje a mí”, aseguró.
Muzyca, con ese apellido que parece labrado por un destino inapelable, llegó a su vida a los 9 años.
En su Quilmes natal -“quilmeña siempre”, subraya- estaba en cuarto grado de la primaria cuando su mamá la envió a las primeras clases de clásico.
Mientras sus compañeras jugaban frente al espejo, Nadia se tomaba de la barra y buscaba corregirse, mejorar su postura. No era un juego, era su pasión.
Su profesora lo detectó y le recomendó a la mamá de Nadia que la llevara al Colón.
“Cuando me presenté al Colón yo no sabía nada, sabía lo requeté básico y me acuerdo que había nenas, estaba llenísimo de nenas, y las veía hacer piruetas y yo ni sabía cómo se llamaba lo que estaban haciendo”, recuerda hoy la mujer de 42 años.
“Cuando entré me decían los maestros qué tenía que hacer, porque no sabía, y estiré el piecito y creo que entré por mi empeine y por mi sensibilidad, porque nos hicieron hacer una interpretación libre, nos pusieron música para que bailemos y me acuerdo mi pasión y cómo disfruté ese momento, fue especial, no sé qué habré hecho porque yo no sabía nada, pero entré. Entramos 17 de más de 100 que se habían presentado”, detalla Muzyca en diálogo con el diario Perfil.
“Yo me levantaba a las 6 y media de la mañana, iba hasta Capital, al Colón y volvía a Quilmes y me iba a la primaria”, cuenta la bailarina sobre su sacrificio que es también la clave de sus logros.
“Mi papá era feriante, mi mamá ama de casa, de Quilmes, no solíamos viajar a Capital, mi mamá ni siquiera manejaba, lo más cercano al mundo del arte era mi abuela que era profesora de piano”, aclara.
Detrás de esa niña que se exponía a exigentes rutinas de entrenamiento y se animaba a subirse a los escenarios del mundo había varios pilares sólidos que la impulsaban y le brindaban fuerza. “El apoyo familiar mío fue fundamental, de mis viejos estando, no forzando nada, pero siempre acompañando”, destacó.
Pero además de los lazos sanguíneos, Nadia contó con una pieza central: “Mi maestra, Lidia Segni que fue muy acertada en todos sus consejos y es mi maestra hasta el día de hoy”.
“Eso es hermoso tener una maestra que me acompañó a lo largo de toda mi carrera, ¡de hecho ahora ella viene a dar masterclass a mi estudio! Con ella empecé a los 11 años, ella ve a mis hijos y ella me conoció cuando yo tenía la edad de mis hijos. Es importante tener un maestro, un pilar a lo largo de tu vida. Yo creo que los jóvenes ahora se marean, porque hay tanto, entonces están con que ‘voy por acá, no, voy por allá’… Cada uno encuentra según lo que necesita y según su sentimiento”, aconsejó.
Se despide Nadia y nos confiesa: “Cuando a Giselle la abraza la mamá y cae muerta vamos a llorar todos, si siempre hice una catarsis en el momento de la locura, ahora más”.
Gracias por tanto arte, Nadia!!!